La personificación del deseo, que toca para bien o para mal, en un sentimiento de culpa, o la incapacidad de hacerle frente al esa energía que les nace desde el centro, los hace huir; pero a la vez, subyace una ley suprema que gobierna sus pensamientos y los hace querer aprehenderlo. Una fotografía, una pintura en azul, una repetibilidad, un vacío, una santidad.
Los personajes de Pasolini tienen una necesidad de naturaleza, de ser carne y cuerpo, sin psiquis. De liberar sus pasos desnudos en el pasto verde, o dejar las entrepiernas abiertas para recibir caricias del sol.
Hacía mucho que no navegaba entre los canales de cable, principalmente porque las últimas veces que osé hacerlo terminé indignada y por demás decepcionada por la chata programación de cine que existe en la mayoría de los canales salvando I-Sat. Pero, esta noche, dadas las inclemencias climáticas, decidí darle un voto de confianza a una película que recién arrancaba en Hallmark. Se trata de The Langoliers, una película rodada a medidados de los '90, del estilo "cine para tv" u "original movies" y con aires de clase B, no por el presupuesto en sí, sino mas bien por su planteamiento estético a medio camino entre la ciencia ficción con escasos FX pero con una historia misteriosamente retorcida que te atrapa desde el minuto 1. Básicamente trata de un avión de la compañia "American Proud" -Orgullo Americano (¿?)- que, durante el vuelo, experimenta un suceso muy extraño: la desaparición de gran parte de su tripulación, salvo 4 ó 5 personas que "justo" estaban durmiendo y ¡oh casualidad! también son los que tienen sus muertos en el placard que los llevan a ser los protagonistas de los restantes 179minutos de la historia; la cual, tiene un constante e ilusorio clima de no cunda el pánico en medio de una pseudodimensión paralela en la que solamente arriba del avión se encontrarán a salvo de aquello que los acecha: un extraño ruido proveniente de una colina, y un loco, que trae consigo un transtorno de la infancia que se encuentra fuertemente relacionado con las inclemencias de ese tiempo del cual son víctimas, el presente. Después de todo, resulta ser una interesante película basada en un relato de Stephen King titulado "Las cuatro después de media noche" ya que logra que uno se quede pegado al sillón intentando develar el misterio hasta el último segundo de la película.
Os Recomiendo.... sólo para las noches aburridas de lluvia, y con alguna compañia al lado que se prenda para debatir acerca de las posibles hipótesis de resolución del problema que aqueja a los protagonistas, como por ejemplo una madre copada o la amiga de alguna hermana. Interactiva.
***3 Lolitas ***
sábado, 23 de mayo de 2009
Siendo las tres de la tarde de un viernes, amenazaba con no llover, o mejor dicho, con llover un cielo lleno de estrellas.
Tomó el último sorbo de mate viejo y levantó el termo hasta verse reflejado en el lateral haciendo un ademán para chequear si aún quedaba agua. En realidad, no era un termo, sino una cantimplora de metal con tapa, de esas que se llevan de campamento. En su sección lateral, entonces, advirtió una mirada extraviada que lejanamente le preguntó: ¿Quién mira a quién?. Ahora ese termo encerraba la imagen de una mole. Una mole construida a sus espaldas: una construcción antigua, devenida en un falso templo del saber, ocupaba la ventana del reflejo dejando un breve espacio al cielo que amenazaba con no llover. Y una imagen atrae a la otra … Y así un fulano lo saludaba desde una de las terracitas del "edificio que parece una catedral". Se estaba despidiendo para después vaciarse en el abismo, lanzándose hacia el césped mal cortado y huyendo de la mirada avispada del guardaparques. Y en la caída, palomas y ladrillos lo saludaban (al que caía). Pero el verde no dejó sus huellas y en un instante (el que caía) se desvaneció para renacer asomado al balcón. Al balcón de la terracita del que miraba (no del que caía, que a esa altura ya no caía). A la terracita del que miraba en el fondo de la cantimplora devenida en termo. A la terracita del que miraba y al que miraban (como a esas cosas que nunca se alcanzan). Y mientras (el que ya no caía) lo miraba, sintió un sabor frío/amargo (el que miraba). Quizá por el amargor de la yerba. Quizá por el metal de la bombilla rozando los labios. Quizá por el terror a su teatro privado. Terror a sacar sus ojos de allí, darse vuelta y aceptar que todo había sido una mentira (o no).
Y terminó, ahora sí, el último fragmento de su mate que para entonces ya helaba.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Mina abre los ojitos y la boca bien grandes mostrando los colmillos y enrollando la lengua mientras bosteza y estira sus patitas delanteras. Y cuando uno la observa se da cuenta por el tuntunear de su cola que le resulta sumamente placentero. Varias veces a la semana intento hacer lo mismo que Mina, pero no me resulta tan sencillo y natural como comer una mandarina con la luz del invierno acariciandote la mejilla derecha. Pero la sensación de liviandad te recorre todo el cuerpo y te induce a bostezar cual si uno tuviese un buen par de colmillos y una lengüita para enrollar.